Bruno MarcosEn una pulsión constructora estamos vertiendo nuestro plan general: Una suerte de colonización del territorio.
Si antiguamente el paisaje natural constituía un patrón formal que sugería incluso los órdenes arquitectónicos en la actualidad la edificación se presenta como un fin en sí misma, como una escenografía fatal, pandémica y autónoma, que sirve de telón de fondo al desarrollo de nuestras vidas. No es ya la urbe clásica, la histórica, dotada de un centro y una periferia, la que oculta todo vestigio de lo natural sino que lo hace cualquier espacio que se torna susceptible de recalificación, acogiendo los rudimentos externos, los atributos formales de la ciudad.
Es este anhelo edificador un espasmo neutralizador que iguala todos los lugares del mundo, que construye lo mismo allá donde no había nada, que elimina la diferencia.
La ciudad es la filosofía[1], lo dicen los clásicos y los contemporáneos, pero cuando la ciudad se propaga como una enfermedad se produce la catástrofe [2]. En el mejor de los casos el delirio formalista de lo kitsch, como en las islas polimórficas de Dubai[3] cuya visión aérea reproduce, sobre el mar, esquemas mentales de lo cursi colosal, tal vez en una sucesión epiléptica de la spiral jetty de Smithson.
Las pinturas de Abel León muestran una mirada al territorio a vista de pájaro o, más bien, de turista, de viajero contemporáneo aquejado, a partes iguales, por el jet lag y la desorientación producida por el tránsito entre un no lugar y otro. Plasman el propio paisaje como no lugar pendiente de ser colonizado con los atributos de una falsa ciudad. La diferencia crucial es que esa ciudad está a años luz de la ciudad clásica, carece de lo fundamental, del axioma que dice que la ciudad es la filosofía, esas ciudades clónicas no tienen ágora.
Desde esta pandemia constructora, que vendría a colapsar aquella otra higienizadora que ponderaran los futuritas, la guerra, no sería un dislate total suscribir las palabras de Mátrix: Los humanos sois una enfermedad, el cáncer de la tierra[4].
Las esculturas de Abel León plantean lúcidamente esa visión de la naturaleza en proceso de ocultación, de colonización, los edificios imposibles, trazados con una asimetría antiortogonal, psíquica, patológica, como pendientes de una perspectiva de explosión, o las arquitecturas mecanizadas que invaden cualesquiera espacios que se pongan a su alcance, incluso el desierto, o aquella esfera transparente en la que una raíz sin planta, sin destino visible, crece, como en un impulso ciego.
Ante todo esto nos viene a la mente aquella puerilidad de Beuys, aquella niñería ecológica de plantar siete mil robles.
[1] “La filosofía no está en la ciudad, es la ciudad que piensa, y la ciudad es la agitación del pensamiento que busca su hábitat cuando lo ha perdido, cuando ha perdido la naturaleza”. Jean-François Lyotard, “Zona” en Otra mirada sobre la época, Arquilectura, Murcia, 1994, pág. 224.
[2] “Cuando la ciudad se extiende demasiado se produce una urbanización catastrófica”. Paul Virilo, El cibermundo, la política de lo peor, Cátedra, Madrid, 1997, pág. 42.
[3] “Con la megalópolis, lo que Occidente realiza y extiende, es su nihilismo. Lo llama desarrollo.” Jean-François Lyotard, op. cit., pág. 227.
[4] Cfr. Jean Baudrillard, “El obeso” en Las estrategias fatales, Anagrama, Barcelona, 1994, pág. 27.
Catálogo de la exposición de Abel León. Galería Nuble. 31-8/2-10/2007. Daoíz y Velarde, 26, Santander.
www.galerianuble.com
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada