jueves 29 de noviembre de 2007

Nuevas Voces Poéticas

Diario de León
Viernes, 23 de Noviembre de 2007

Diez promesas poéticas, en un gran libro que el Diario entrega el día 30.

Con edición de Alfonso García, José Enrique Martínez y Nicolás Miñambres, el libro Diez nuevas voces de la poesía leonesa se revela como el testimonio más útil e interesante para comprobar el estado de la joven poética leonesa. Diez autores que ofrecen algunos de sus mejores poemas con el único fin de hacer disfrutar y reflexionar, todo en unos versos llenos de frescura y originalidad. Víctor M. Díez, Ana Isabel Conejo, Bruno Marcos, Ángel Rojo, Pablo Moldes, Raquel Lanseros, Luis Artigue, Silvia Zayas, Susana Barragués e Ignacio Abad protagonizan un libro que se entregará junto al periódico el viernes por sólo dos euros. La edición de esta obra, patrocinada por Agelco, la hermana con los volúmenes de la gran Biblioteca Leonesa de Escritores, pudiéndose considerar su broche de oro. La selección no ha sido fácil, dicen sus responsables, en ella se han tenido en cuenta la juventud de los autores -la fecha límite de nacimiento, el emblemático 1968- y el hecho de que, al menos, cuenten con una obra publicada. «No son sólo diez las voces de la nueva poesía leonesa; ni hemos buscado un número redondo para esta antología», afirman.

domingo 11 de noviembre de 2007

ÚLTIMOS PASAJES A LA DIFERENCIA

Bruno Marcos

Por todas partes, en las ciudades milenarias y en los rincones polvorientos, en medio de selvas vírgenes y entre los rascacielos, en los lugares en los que los antiguos ofrecían sacrificios a los dioses o escrutaban los augurios de las aves, donde se erigían templos al sol o donde los profetas hacían ayuno, en Oriente y en Occidente, en el Norte y en el Sur, en cualesquiera lugares del mundo lo mismo está siendo construido.
A veinte horas de avión estamos en idéntico sitio. Las mismas calles, los mismos centros comerciales, los mismos puentes, la misma cantidad de elementos pintorescos, la misma dosis de casco antiguo, el mismo trasiego de hombres, mujeres, ancianos y niños, la misma proporción de mestizaje, de exotismo, de anacronía, los mismos barrios chinos, turcos, la misma dosis de kitsch, de ciudad moderna...
Está siendo abolida la diferencia del mundo: Madrid, Lisboa, París, Londres, Nueva York, Singapur, Katmandú, Nueva Delhi, Estambul, El Cairo, Marrakech... Lo mismo es lo que crece y lo diferente lo que muere. Movido por ese motor guía al que llamamos desarrollo lo igual está siendo edificado en todos los lugares del planeta.
Incansables, los turistas, no se sabe muy bien si huyendo de algo o persiguiendo un sueño, son transportados a los espacios más insólitos, rastrean los territorios, padecen cansancio, sudor y frío, para coger por la cola a esa escurridiza quimera: La diferencia.
No todos buscan únicamente el placer fácil, muchos otros sufren, se arrastran entre los señuelos para paladear, aunque sólo sea un instante, los restos, las huellas de lo auténtico. Como creyentes en la doctrina de la metempsicosis, se les puede ver, en trance, frente a piedras viejísimas, esperando vislumbrar desde qué cuerpo del pasado ha transmigrado su alma hasta el que ahora poseen. Parece que pudieran, en un momento dado, convocar a los espíritus egipcios del templo de Hatshepsut o los de las concubinas del palacio Topkapi. Y todo a la velocidad del rayo: Cincuenta minutos en un bimotor, sobre las nubes, para ver surgir el Himalaya como una tierra en las nubes -el cielo-, llegar al Everest señalado en la ventanilla del avión y, otra vez, a la tierra. Dos o tres horas en el Taj Mahal, hora y media para el templo de Karnak, tres para las pirámides, dos en un ferry por el Bósforo, una ida y vuelta de Manhattan a Staten Island, tres o cuatro en el amanecer de Benarés.
Al comienzo de El cielo protector, la novela de Paul Bowles que transcurre por el norte de África, se recoge el rechazo que el auténtico viajero siente por el turista, dice así: “No se consideraba un turista; él era un viajero. Explicaba que la diferencia residía, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra. Y le hubiera sido difícil decir en cuál de los muchos lugares donde había vivido se había sentido más a sus anchas.”
Sin embargo, el turista no parece estar tan alejado del viajero como los puristas quieren observar, en realidad, turista y viajero, son movidos por un mismo objetivo: Cambiar. Nadie se desplaza para comprobar que, en la otra punta del planeta, todo es igual. Más adelante Bowles escribe: “...otra importante diferencia entre el turista y el viajero es que el primero acepta su propia civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan.”
Quizás el turista no cuestione su propia civilización a nivel consciente pero sí que le oímos explicar que quiere desconectar, huir del estrés, es decir, marcharse, negar lo presente en su vida, por lo menos por un breve periodo. Es así que, turista y viajero, por más que los recalcitrantes trotamundos quieran negarlo, son ejemplares de la misma especie, seres en fuga, cada uno en medida de sus posibilidades.
Muchos de estos turistas o viajeros a la vuelta explican algo inexplicable, que han encontrado hermosas las calles atestadas de mendigos, las casas destartaladas, los restaurantes mugrientos... Se dan cuenta de que encuentran una belleza extraña en la miseria que los perturba, como si, al contemplarla, algo, en ellos, se retrotrajera a los pilares básicos de la existencia. No aciertan a saber a qué se debe, se dicen a sí mismos que se trata de esa felicidad arcaica y desnuda que observan en las caras felices de los que no tienen nada, la multitud de mendigos que sonríen por las calles de la India... Quizá -piensan- en la pobreza resida un vínculo verídico con el mundo y, en ella, se pongan en valor las relaciones reales del hombre con este...
Albert Camus, en su novela póstuma El primer hombre, relata, con enorme crudeza, sus recuerdos infantiles en Argelia, donde el embrutecimiento de su familia y la pobreza, descritos por él, brillan, se tornan hermosos. Algo similar debe ocurrirle al viajero. No en vano percibimos que las dos grandes aventuras que corren los protagonistas de El Cielo Protector en la primera parte de la novela son, curiosamente, dos extravíos en los que, de forma inesperada, abandonan la perspectiva del viajero para entrar en lo siniestro de lo real; es decir, cuando inician el descenso hacia la pobreza. Port, caminando sin rumbo fijo, llega a las afueras y, poco a poco, va percibiendo la basura, los solares, los escombros... Observa cómo todo va perdiendo sus atributos de civilización, hasta que, de entre la oscuridad, sale un árabe y le hace seguirle hasta un sórdido lugar donde le ofrece una mujer. Kit, por error, aparece en el vagón de cuarta clase donde lo más extraño no es que todos los viajeros sean árabes sino pobres. Alguien la empuja y se ve obligada a permanecer durante parte del trayecto frente a un hombre sin nariz.
Tal vez, la diferencia que más impresiona hoy no sea otra cosa que el viaje a la pobreza, que lo distinto no sean los paisajes, ni los monumentos, accesibles en infinitas reproducciones, sino el verdadero espectáculo de la miseria. Todo lo demás, la belleza que el viajero encuentra, la amabilidad de los nativos, pudiera acabar por tornarse inauténtico. Pudiera ocurrir que el viajero terminara por sentir, incluso, que los monumentos son algo falso, toda vez que percibe la escenificación real de la miseria produciéndose por todas partes, pero en la ocultación más severa, con un régimen de visibilidad escuálido por el que sólo puede filtrar la mirada asumiendo una pulsión escópica morbosa, quizás algo inmoral. Y, para su asombro, pudiera ver que ahí donde se radica la auténtica pobreza el lugar se implanta inalterable. Nada puede cambiar donde no hay dinero, ni siquiera un montón de basura puede ser movido porque muchas familias viven de él. Esos son los lugares, los centros psíquicos de determinación que tanto añoramos en el primer mundo, las antípodas del aeropuerto, la autopista, la urbanización o el centro comercial. Frente a la ciudad contemporánea donde todo cambia, en la que hemos escogido la construcción y la demolición como únicos actos de cura que higienizan las cargas simbólicas y suturan los traumas individuales y colectivos, están los sitios, los paisajes de la pobreza que cruzan los turistas desde un monumento a otro recogiendo su elocuente imagen magnética.
Quien haya conocido a inmigrantes sabrá que una de las primeras cosas que narran no son las características de su aldea, su paisaje o su clima sino el viaje, el trayecto. Como si de una odisea actual se tratase, incluso, esbozan un esquemático mapa en un papel y, con una línea de bolígrafo, describen las escalas y los diferentes medios de transporte de los que se valieron. Se trata del viaje desde el lugar a lo que ya no es un lugar, desde el sitio hasta aquello que ha perdido sus atributos como tal, la transformación que, como un Ulises, han experimentado desde el sitio hasta la escenografía general del primer mundo. Los occidentales jamás explicamos el trayecto de nuestros viajes, enunciamos sólo el destino: Bali, Mauricio, Cancún, Natal... Sin especificar a qué país pertenecen, a qué continente... Simplemente flotan en nuestro pensamiento como zonas aisladas en el planeta, independientes de los regímenes políticos porque viven en ese estado de ánimo especial, entre la foto del paraíso y su réplica real. Es una cartografía de lo irreal que las agencias de viajes han inventado para transformar el deseo de huir en objeto de consumo. Son viajes a lo mismo.
Con el avión ha desaparecido el trayecto. La transformación de Ulises, ahora, pasa a la velocidad del rayo o no pasa. A esto segundo lo llamamos jet lag, que consiste en transportar un cuerpo sin su mente. El avión, ha hecho que el paisaje ya no pueda ser entendido de igual manera. Nunca viajero alguno en la historia había tenido una perspectiva similar. No se ve ya el cielo como antes, desde el suelo, sino que se observa el cielo desde dentro del cielo como un vacío inmenso, sin referencia alguna, contemplado, no desde el sosiego de la tierra, sino desde la angustia de estar colgado a diez kilómetros en el aire. O el mar, sin efectos de luz y sombra, sin marea, como otro vacío que se curva y une al del cielo en el horizonte. Desde la ventanilla del avión todo el planeta parece un desierto. Todos los destinos turísticos existen en puntos diversos de ese desierto que los une y del que nadie sabe nada. A esos lugares no se llega por ningún sitio sino por ese vacío que atraviesa el avión, parece que esas extensiones formaran parte del mundo al que invitaba el Morfeo de la película Mátrix a su protagonista diciéndole: “Bienvenido al desierto del mundo real”.
Bajo el señuelo del paraíso el turista y el viajero buscan la diferencia y tal vez acaben por encontrarla, sin quererlo, en la pobreza, en los lugares intermedios, entre origen y destino, donde la mirada recae en un extravío.
Pero, en medio del trasiego mundial de turistas, ¿hasta qué punto será cierto que el viajero desea despertar al mundo real y abandonar el falso sueño de los lugares paradisíacos? ¿Será más posible que, en su búsqueda de la diferencia, y queriendo apurar, con urgencia, los últimos pasajes, antes de la fulminante globalización, se dé de bruces con lo terrible? ¿Estará aún a tiempo de acceder a esas zonas intermedias entre un destino y otro, a esos lugares fijados contra el cambio por la miseria? ¿Dejará de entender su seducción como un síntoma de decadencia, de enfermedad al estilo del Aschenbach de Muerte en Venecia de Thomas Mann, o el propio protagonista de El cielo protector? ¿Podrá aún despertar del sueño narcótico del primer mundo a la urgencia de ese desierto de lo real?
Aparecido en Filandón de Diario de León el Domingo 11 de Noviembre de 2007, en E-norte y en Salonkritik.

viernes 31 de agosto de 2007

PANDEMIA Y TERRITORIO

Bruno Marcos

En una pulsión constructora estamos vertiendo nuestro plan general: Una suerte de colonización del territorio.
Si antiguamente el paisaje natural constituía un patrón formal que sugería incluso los órdenes arquitectónicos en la actualidad la edificación se presenta como un fin en sí misma, como una escenografía fatal, pandémica y autónoma, que sirve de telón de fondo al desarrollo de nuestras vidas. No es ya la urbe clásica, la histórica, dotada de un centro y una periferia, la que oculta todo vestigio de lo natural sino que lo hace cualquier espacio que se torna susceptible de recalificación, acogiendo los rudimentos externos, los atributos formales de la ciudad.
Es este anhelo edificador un espasmo neutralizador que iguala todos los lugares del mundo, que construye lo mismo allá donde no había nada, que elimina la diferencia.
La ciudad es la filosofía[1], lo dicen los clásicos y los contemporáneos, pero cuando la ciudad se propaga como una enfermedad se produce la catástrofe [2]. En el mejor de los casos el delirio formalista de lo kitsch, como en las islas polimórficas de Dubai[3] cuya visión aérea reproduce, sobre el mar, esquemas mentales de lo cursi colosal, tal vez en una sucesión epiléptica de la spiral jetty de Smithson.
Las pinturas de Abel León muestran una mirada al territorio a vista de pájaro o, más bien, de turista, de viajero contemporáneo aquejado, a partes iguales, por el jet lag y la desorientación producida por el tránsito entre un no lugar y otro. Plasman el propio paisaje como no lugar pendiente de ser colonizado con los atributos de una falsa ciudad. La diferencia crucial es que esa ciudad está a años luz de la ciudad clásica, carece de lo fundamental, del axioma que dice que la ciudad es la filosofía, esas ciudades clónicas no tienen ágora.
Desde esta pandemia constructora, que vendría a colapsar aquella otra higienizadora que ponderaran los futuritas, la guerra, no sería un dislate total suscribir las palabras de Mátrix: Los humanos sois una enfermedad, el cáncer de la tierra[4].
Las esculturas de Abel León plantean lúcidamente esa visión de la naturaleza en proceso de ocultación, de colonización, los edificios imposibles, trazados con una asimetría antiortogonal, psíquica, patológica, como pendientes de una perspectiva de explosión, o las arquitecturas mecanizadas que invaden cualesquiera espacios que se pongan a su alcance, incluso el desierto, o aquella esfera transparente en la que una raíz sin planta, sin destino visible, crece, como en un impulso ciego.
Ante todo esto nos viene a la mente aquella puerilidad de Beuys, aquella niñería ecológica de plantar siete mil robles.


[1] “La filosofía no está en la ciudad, es la ciudad que piensa, y la ciudad es la agitación del pensamiento que busca su hábitat cuando lo ha perdido, cuando ha perdido la naturaleza”. Jean-François Lyotard, “Zona” en Otra mirada sobre la época, Arquilectura, Murcia, 1994, pág. 224.
[2] “Cuando la ciudad se extiende demasiado se produce una urbanización catastrófica”. Paul Virilo, El cibermundo, la política de lo peor, Cátedra, Madrid, 1997, pág. 42.
[3] “Con la megalópolis, lo que Occidente realiza y extiende, es su nihilismo. Lo llama desarrollo.” Jean-François Lyotard, op. cit., pág. 227.
[4] Cfr. Jean Baudrillard, “El obeso” en Las estrategias fatales, Anagrama, Barcelona, 1994, pág. 27.

Catálogo de la exposición de Abel León. Galería Nuble. 31-8/2-10/2007. Daoíz y Velarde, 26, Santander.
www.galerianuble.com